gustyn@sepia.ocn.ne.jp
Kanagawa, Noviembre 2010
Diciembre. Llega el frío y las fiestas de fin de año, que, aquí, en Japón, por la lejanía y la ausencia de familiares y amigos, son más frías todavía. Las calles se tiñen de verde, rojo y blanco, y los paseos y anchas avenidas se iluminan con gran pompa para recordarle a la gente que la Navidad es una torta de chantilly con fresas, un regalo y una noche romántica para dos. Nada más.
Es Diciembre. En la televisión, comienzan los especiales de música, con los grupos e intérpretes más destacados de todo el año. Y, dentro de esos programas, el primus inter pares, el Koohaku Uta Gassen, en esta edición nos traerá una grata sorpresa.
La canción se titula “Toire no kamisama”, que en español vendría a llamarse “El dios (o la diosa) del baño”, o “El dios del retrete”. A primera vista, podrán preguntarse: “¡¿De qué diablos habla este tipo?!”, y no los culparíamos, porque ésa fue en realidad la primera reacción que tuvimos también cuando nos enteramos del singular título del tema. Pertenece a la joven cantautora Kana Uemura, una de las debutantes de este año y una excelente cantante a quien, en sus seis años de carrera profesional, la fortuna le había sido esquiva a pesar de sus innegables dotes artísticas. La letra, en una versión libre al español, dice más o menos así:
No sé por qué desde el tercer año de la primaria
Comencé a vivir con la abuela.
Vecina, al lado de la casa de mis padres,
Pero en casa de la abuela.
La ayudaba en los quehaceres todos los días.
Y jugaba al cinco en raya también con ella.
Pero sólo en la limpieza del baño, que no me gustaba,
No me metía.
Un día, la abuela me dijo:
“En el baño de la casa, vive una linda diosa.
Y si todos los días, lo dejas limpio y bonito
Como ella,
Tú, algún día, serás linda también”
Desde ese día, comencé a limpiar
Y a dejar brillante el baño.
Quería, de todas maneras, llegar a ser yo linda también,
Cuánto influyeron en nosotros las palabras que nos dejaron nuestros padres y abuelos y, a su vez, cuánto influiremos nosotros en nuestros propios hijos. Cuestión difícil de saber. Pero, en nuestro caso, lo cierto es que siempre recordaremos la más sencilla máxima moral que, en su elemental castellano, le oímos decir a la Oba, y que resume en pocas palabras lo que significa la lealtad y la gratitud debidas: “donde se come, no se caga”.
Cuando salíamos de compras, comíamos juntas
Sopa de carne de pato con fideos.
Y si alguna vez me perdía
El programa cómico grabado,
Lloraba y le echaba la culpa a la abuela.
“En el baño de la casa, vive una linda diosa.
Y si todos los días, lo dejas limpio y bonito
Como ella,
Tú, algún día, serás linda también”.
Después fui creciendo
Y llegaron los desencuentros.
No me llevaba bien con mi familia,
Y no me hallaba,
No me sentía bien en casa.
Los fines de semana eran
Con mi enamorado
Y no regresaba a casa.
Y no hubo más cinco en raya.
Y no hubo más sopa de carne de pato con fideos.
Y no hubo más, entre la abuela y yo.
¿Por qué la gente se hace daño?
¿Por qué es capaz de perder
Las cosas que verdaderamente importan?
La dejé.
A la abuela, que siempre fue
Mi mejor amiga,
La dejé.
Me fui de la casa,
Y la dejé sola.
La adolescencia, con sus ceremonias y sus ritos. Con sus hormonas alborotadas y sus crisis de crecimiento. Se trata a fin de cuentas del precio natural al espacio necesario; se trata sencillamente de la vida, que reclama lo que a su tiempo corresponde. Y si no se extienden las alas, ¿cómo se puede hacer siquiera el intento de volar? Mas he aquí lo importante. Siempre importa saber que existe un camino de regreso, que hay un nido con las puertas abiertas.
Pasaron dos años,
Desde que me fui a la capital,
Cuando la abuela cayó enferma.
Adelgazó. Y regresé para ir al hospital
A verla.
“Abuela, ya estoy de vuelta”
Le dije como antes, como siempre,
Como cuando la saludaba,
Al llegar a casa.
Después, conversamos un rato.
Me pidieron que la deje,
Y diciéndole “bueno, me voy”
Me despedí de ella.
Temprano, a la mañana siguiente,
La abuela
Tranquilamente
Se quedó dormida.
Como si sólo me hubiera estado
Esperando
A mí, a quien crió con tanto cariño.
A mí, que no pude retornarle nada de lo que hizo.
A mí, que ni siquiera fui una buena nieta.
A mí, me estuvo esperando.
“En el baño de la casa, vive una linda diosa”
¿Será que este dicho de la abuela
Se cumplió?
¿Será que me ha hecho linda también?
“En el baño de la casa, vive una linda diosa.
Y si todos los días, lo dejas limpio y bonito
Como ella,
Tú, algún día, serás linda también”.
Convertirme en una atenta esposa
Fue mi sueño.
Y en ésas estoy
Y ese baño sigue
Limpiecito
ahora también.
Abuela, abuela, gracias.
Abuela, muchas gracias.
Abuela.
Desde una perspectiva racional, occidental y conductista, podríamos interpretar el dicho de la abuela como una eficiente estrategia educativa, para fijar patrones conductuales cooperativos en la niña. Respetable interpretación, por cierto. Pero a mí se me antoja pensar en otra posibilidad.
Se me antoja pensar en la capacidad de poder enseñar a ver lo invisible. Se me antoja pensar en el Oriente, en su panteísmo y sus misterios; se me antoja pensar en el añejo Japón en donde el aseo no es sólo un quehacer orientado a poner en orden lo externo al individuo; sino también una tarea que conlleva una limpieza interior, una tarea que llega a armonizar lo de adentro con lo de afuera.
Y, finalmente, se me antoja pensar que ésta es una canción sencilla, sin grandes artilugios poéticos y musicales; pero con la magia suficiente para recordarnos quiénes somos y de dónde venimos, sin quedar indemnes en ese intento. Larga canción: 9 minutos 52 segundos. Disfrútenla en el Koohaku que se viene o, si la espera desespera, en el Tube que todos conocemos. A mí me limpió y me abrigó este comienzo invernal, y tal vez refresque el tímido verano que ya toca sus puertas.





