... tú no eres quien yo espero Penélope. Joan Manuel Serrat
Repasaba la agenda del día: reuniones con los proveedores, revisión de algunos nuevos proyectos, una ojeada a los contratos por firmar y darse un tiempo para ver el avance de las obras. Es decir, una típica mañana de lunes, algo movida, lo de siempre, por el descanso de fin de semana. Pero fue la llamada del Curro Pastor, uno de los más traviesos y entrañables palomillas de ese inolvidable Quinto "B", la que realmente me movió, la que me sacó lejos de las preocupaciones laborales y del bostezo que a veces la oficina me provoca. Ingeniero Arteaga, tiene una llamada en la línea tres. Gracias, Clarita. Aló, Cuchito. ¿Que no me sacas? Oye, está bien que hayan pasado nada más que treinta años, pero no te puedes haber olvidado de mí, pues, hombre. Sí, Curro Pastor. ¿Cuánto tiempo, no? Te acordaste, así mejor; porque ya te iba a recitar lo de tu bomba maldita en Chiclayo, en el viaje de promo, y con eso de seguro te ibas a dar cuenta, pero ya, de con quién estás hablando. Cuchito, sé que te ha ido muy bien, que siempre estás ocupado y de veras que me da mucho gusto, pero esta vez el asunto es especial: son treinta años y toda la promo se va a reunir. Ya se han hecho las coordinaciones, vamos a tener contacto con la gente que está afuera y esperamos que todos los que estamos aquí en Lima podamos reunirnos. Así que parece que no tienes escapatoria. Hazte un tiempo, Ingeniero, y no nos falles, eh, que queremos contarnos las arrugas y los kilos de más como condecoraciones. Después te mando los detalles. Nos estamos comunicando. Treinta años, Cuchito, y esa llamada que te congeló la mesa de trabajo casi toda una mañana, regándola de tantos recuerdos, de anécdotas mil y de rostros que se te dibujaban difusos, tenues, pero a la vez vitales, rebosantes de la natural inconsciencia de la que se padece a los quince o dieciséis. Treinta años, Cuchito, treinta años en los que -no te puedes quejar- la vida te trató bien: una carrera, una posición estable y una familia, con una mujer extraordinaria y tres bellos muchachos. Pero treinta años en los que no has podido dejar de pensar en Ella.
¿De qué estaremos hechos los hombres que teniendo hoy todo, que cogiendo a manojos, a voluntad, la vida, pretendemos todavía darnos el lujo de acariciar lo que no fue? Debe ser que la felicidad es tan generosa que, a pesar de estar de nuestro lado, no nos impide soñar. Debe ser que para ella, somos como niños a los que deja retozar con algunas viejas fantasías. Porque, qué duda cabe, Cuchito, de que eres un tipo feliz. De tu chamba, no te puedes quejar; llevas tus días placenteramente; tienes los amigos, los de verdad, los que no fallan; y, amén de los chicos, tu tesoro está en casa. El tuyo no es el común matrimonio desgastado por la rutina, o uno que se mantenga por la inercial costumbre de estar juntos. No, de hecho, nunca te has atrevido -no, no es esa la frase correcta: lo cierto es que no has sentido la comezón, el impulso atávico de sacar los pies fuera del plato. Y esto es todo lo burgués, aburrido, todo lo cursi que quieras, pero, para ti, camotudo Cuchito, esto es amor.
Mas lo único prohibido era Ella. La única infidelidad que te permites. Imaginaria infidelidad que no se traduce en las ganas fáciles de haber querido tenerla, que no se rebaja al nudo sexo, sino que pretende tejer el capítulo trunco que no se dio. Ella no fue la novia primera, no fue tu primer amor, pero siempre estuvo ahí. Fue la confidente, la compañera con la que, entre recreos, intercambiabas cuitas: Ella, y sus discusiones con su peor es nada, como Ella decía; y tú, con Chavelita, a la que en su tiempo quisiste tanto. Tal vez, fue que elegiste mal, Ingeniero: Isabel fue, y no quedó sino como un buen recuerdo que la vida te dejó; pero Ella, que entrados en la adolescencia, se reveló como una cómplice especial en la secundaria; Ella, que siempre te espetaba al encontrarte un "¿ qué estás leyendo?" o un conminatorio "lee" al alejarse, con lo cual terminaste por adquirir el solitario vicio; Ella, a la que fuiste a saludar por su cumpleaños, llevándole de regalo unos discos de Serrat que estás seguro nunca escuchó; Ella, a la que dijiste por teléfono, como despidiéndote, y sin esperar -por miedo- respuesta alguna: "me hubiese gustado estar contigo"; Ella, que no fue sino la más amiga de todas las amigas que tuviste, cómo se te quedó, Cuchito. Fue una ilusión, una espina tenaz que la distancia y el tiempo ayudaban aún más a arraigar, y es un asunto todavía no resuelto. Esto es como andar con los pasadores desatados, arrastrándolos treinta años y esperando hora y lugar precisos para poderlos anudar. Imaginaria infidelidad que ya te cuesta, que te remuerde y de la que quisieras escapar.
La fiesta de reencuentro fue un viernes, y quién mejor para recibirnos que el Curro Pastor. Cuchito, no nos abandonaste. Gracias, hombre, gracias por venir. !Qué gracias ni nada! !Si yo también me moría por venir! Curro, ven que te presento a mi esposa. Te morías por venir, sí, te morías por venir a verla, dilo, te morías con los pasadores desatados, te morías por venirlos ya, de una buena vez, a anudar, a cerrar con ese pasado que seguías arrastrando, que se te colaba en los sueños, en las tardes, en los silencios. Cuchito, esta fiesta podía ser la paz, o podía ser una historia por recomenzar, un torbellino agazapado, un camino sin retorno. Y poco te importó ver a los viejos profesores, especialmente invitados para la ocasión, como aquél de psicología que, orgulloso, felicitaba hace treinta años a todos sus alumnos por el excelente rendimiento en una prueba mensual, sin saber que tú y precisamente el Curro se habían birlado la hoja de preguntas minutos antes del examen. Y poco te importaron las anécdotas, mil veces recordadas, mil veces escuchadas, en las que el licor de guinda era un antiguo e infaltable compañero. Y poco te importaron los rocks lentos y las baladas que hace mil años no oías, y que parecían adornar el salón como telarañas de música y hermosas flores marchitas. Sólo querías verla, encontrarla entre esos viejos queridos rostros, entre esas niñas que ayer te prestaban los cuadernos y que, hoy, damas respetables, tienen que lidiar con hijos adolescentes.
Y llegó. Ella estaba allí. Y quise despertarme con un "¿ y ahora, Cuchito?", pero las imágenes se sumaban, me reventaban el pecho, y me sentí más Quijano que Quijote; me sentí Emma Bovary, la del paladar blanquecino, no la soñadora libresca; me sentí más la Penélope de la canción, la de los ojos llenitos de ayer, que el Argos memorioso, fiel y moribundo.
Puedo decir que fue una estupenda reunión. Y que regresé a casa reconciliado, contento por haber visto a tantos amigos con los que hace un buen tiempo no me topaba. Y feliz, con una mujer extraordinaria a mi lado. Feliz, y arrastrando como siempre los pasadores desatados, porque, finalmente, para mí, Ella no llegó.
Promoción
Fujisawa, Agosto 2003
Repasaba la agenda del día: reuniones con los proveedores, revisión de algunos nuevos proyectos, una ojeada a los contratos por firmar y darse un tiempo para ver el avance de las obras. Es decir, una típica mañana de lunes, algo movida, lo de siempre, por el descanso de fin de semana. Pero fue la llamada del Curro Pastor, uno de los más traviesos y entrañables palomillas de ese inolvidable Quinto "B", la que realmente me movió, la que me sacó lejos de las preocupaciones laborales y del bostezo que a veces la oficina me provoca. Ingeniero Arteaga, tiene una llamada en la línea tres. Gracias, Clarita. Aló, Cuchito. ¿Que no me sacas? Oye, está bien que hayan pasado nada más que treinta años, pero no te puedes haber olvidado de mí, pues, hombre. Sí, Curro Pastor. ¿Cuánto tiempo, no? Te acordaste, así mejor; porque ya te iba a recitar lo de tu bomba maldita en Chiclayo, en el viaje de promo, y con eso de seguro te ibas a dar cuenta, pero ya, de con quién estás hablando. Cuchito, sé que te ha ido muy bien, que siempre estás ocupado y de veras que me da mucho gusto, pero esta vez el asunto es especial: son treinta años y toda la promo se va a reunir. Ya se han hecho las coordinaciones, vamos a tener contacto con la gente que está afuera y esperamos que todos los que estamos aquí en Lima podamos reunirnos. Así que parece que no tienes escapatoria. Hazte un tiempo, Ingeniero, y no nos falles, eh, que queremos contarnos las arrugas y los kilos de más como condecoraciones. Después te mando los detalles. Nos estamos comunicando. Treinta años, Cuchito, y esa llamada que te congeló la mesa de trabajo casi toda una mañana, regándola de tantos recuerdos, de anécdotas mil y de rostros que se te dibujaban difusos, tenues, pero a la vez vitales, rebosantes de la natural inconsciencia de la que se padece a los quince o dieciséis. Treinta años, Cuchito, treinta años en los que -no te puedes quejar- la vida te trató bien: una carrera, una posición estable y una familia, con una mujer extraordinaria y tres bellos muchachos. Pero treinta años en los que no has podido dejar de pensar en Ella.
¿De qué estaremos hechos los hombres que teniendo hoy todo, que cogiendo a manojos, a voluntad, la vida, pretendemos todavía darnos el lujo de acariciar lo que no fue? Debe ser que la felicidad es tan generosa que, a pesar de estar de nuestro lado, no nos impide soñar. Debe ser que para ella, somos como niños a los que deja retozar con algunas viejas fantasías. Porque, qué duda cabe, Cuchito, de que eres un tipo feliz. De tu chamba, no te puedes quejar; llevas tus días placenteramente; tienes los amigos, los de verdad, los que no fallan; y, amén de los chicos, tu tesoro está en casa. El tuyo no es el común matrimonio desgastado por la rutina, o uno que se mantenga por la inercial costumbre de estar juntos. No, de hecho, nunca te has atrevido -no, no es esa la frase correcta: lo cierto es que no has sentido la comezón, el impulso atávico de sacar los pies fuera del plato. Y esto es todo lo burgués, aburrido, todo lo cursi que quieras, pero, para ti, camotudo Cuchito, esto es amor.
Mas lo único prohibido era Ella. La única infidelidad que te permites. Imaginaria infidelidad que no se traduce en las ganas fáciles de haber querido tenerla, que no se rebaja al nudo sexo, sino que pretende tejer el capítulo trunco que no se dio. Ella no fue la novia primera, no fue tu primer amor, pero siempre estuvo ahí. Fue la confidente, la compañera con la que, entre recreos, intercambiabas cuitas: Ella, y sus discusiones con su peor es nada, como Ella decía; y tú, con Chavelita, a la que en su tiempo quisiste tanto. Tal vez, fue que elegiste mal, Ingeniero: Isabel fue, y no quedó sino como un buen recuerdo que la vida te dejó; pero Ella, que entrados en la adolescencia, se reveló como una cómplice especial en la secundaria; Ella, que siempre te espetaba al encontrarte un "¿ qué estás leyendo?" o un conminatorio "lee" al alejarse, con lo cual terminaste por adquirir el solitario vicio; Ella, a la que fuiste a saludar por su cumpleaños, llevándole de regalo unos discos de Serrat que estás seguro nunca escuchó; Ella, a la que dijiste por teléfono, como despidiéndote, y sin esperar -por miedo- respuesta alguna: "me hubiese gustado estar contigo"; Ella, que no fue sino la más amiga de todas las amigas que tuviste, cómo se te quedó, Cuchito. Fue una ilusión, una espina tenaz que la distancia y el tiempo ayudaban aún más a arraigar, y es un asunto todavía no resuelto. Esto es como andar con los pasadores desatados, arrastrándolos treinta años y esperando hora y lugar precisos para poderlos anudar. Imaginaria infidelidad que ya te cuesta, que te remuerde y de la que quisieras escapar.
La fiesta de reencuentro fue un viernes, y quién mejor para recibirnos que el Curro Pastor. Cuchito, no nos abandonaste. Gracias, hombre, gracias por venir. !Qué gracias ni nada! !Si yo también me moría por venir! Curro, ven que te presento a mi esposa. Te morías por venir, sí, te morías por venir a verla, dilo, te morías con los pasadores desatados, te morías por venirlos ya, de una buena vez, a anudar, a cerrar con ese pasado que seguías arrastrando, que se te colaba en los sueños, en las tardes, en los silencios. Cuchito, esta fiesta podía ser la paz, o podía ser una historia por recomenzar, un torbellino agazapado, un camino sin retorno. Y poco te importó ver a los viejos profesores, especialmente invitados para la ocasión, como aquél de psicología que, orgulloso, felicitaba hace treinta años a todos sus alumnos por el excelente rendimiento en una prueba mensual, sin saber que tú y precisamente el Curro se habían birlado la hoja de preguntas minutos antes del examen. Y poco te importaron las anécdotas, mil veces recordadas, mil veces escuchadas, en las que el licor de guinda era un antiguo e infaltable compañero. Y poco te importaron los rocks lentos y las baladas que hace mil años no oías, y que parecían adornar el salón como telarañas de música y hermosas flores marchitas. Sólo querías verla, encontrarla entre esos viejos queridos rostros, entre esas niñas que ayer te prestaban los cuadernos y que, hoy, damas respetables, tienen que lidiar con hijos adolescentes.
Y llegó. Ella estaba allí. Y quise despertarme con un "¿ y ahora, Cuchito?", pero las imágenes se sumaban, me reventaban el pecho, y me sentí más Quijano que Quijote; me sentí Emma Bovary, la del paladar blanquecino, no la soñadora libresca; me sentí más la Penélope de la canción, la de los ojos llenitos de ayer, que el Argos memorioso, fiel y moribundo.
Puedo decir que fue una estupenda reunión. Y que regresé a casa reconciliado, contento por haber visto a tantos amigos con los que hace un buen tiempo no me topaba. Y feliz, con una mujer extraordinaria a mi lado. Feliz, y arrastrando como siempre los pasadores desatados, porque, finalmente, para mí, Ella no llegó.
Promoción
Fujisawa, Agosto 2003
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