miércoles, 9 de abril de 2008

Veinte Años (Gustavo Yonamine)

Apagada la fiebre del Roller Boogie, los gringos preparaban un nuevo paquete de consumo: venían los tiempos del Footloose, con música, película, ropa y baile incluídos. Los nuestros, con Tim a la cabeza, habían decepcionado en el Mundial de España, después de una brillante y larga gira por tres continentes, en donde -para variar- pusieron en el asador antes de tiempo todo lo que debió ser mostrado en el verdadero campeonato. El segundo belaundismo, solidario y firme, pero también utilizado, en el apoyo a Argentina en Las Malvinas, se debatía en dudas y retrocesos en materia económica; permitía el avance de Sendero en las sierras ayacuchanas, y propiciaba el despegue en el Parlamento de un joven diputado de hechizante y florida labia, que sería después nefasto para los intereses y la salud del país.

Y en diciembre de 1982, ciento cuarentaicuatro jóvenes, hombres y mujeres, dejaban las aulas escolares para enfrentarse a nuevos retos, para enfrentarse a la vida que, para un adolescente en ese decisivo momento, siempre es abrumadoramente amplia en riqueza y posibilidades.

Una gran parte de ellos se encuentra en Lima, pero muchos otros se hallan repartidos por el mundo con destinos diversos: Japón, México, EEUU, Colombia. Muchos son destacados profesionales en territorio patrio, otros como nosotros se esfuerzan en las fábricas de estas islas. Pero todos compartimos el hecho de ser miembros de la Promoción 1982 del Colegio La Unión, que lleva orgullosa el nombre de don Juan Nakamatsu, nuestro padrino.

Veinte años han pasado desde esa memorable despedida. Veinte años: tiempo propicio para hacer un alto, tiempo conveniente para el balance, para la pausa que revisa, recuerda y toma impulso para recibir renovadamente lo que vendrá. Veinte años, o como decimos medio en broma, medio en serio, cuando nos reencontramos con algún amigo: hace como veinte kilos que no nos vemos.

Veinte años que para nosotros son motivo de celebración, reencuentro y alegría; pero que, al leer el desgarrador testimonio del doctor Juan Alberto Matsumoto, nos producen asimismo la perplejidad y la impotencia de restañar heridas ajenas, que tan vívidamente refleja esa amarga pero bella canción del maestro Alberto Cortez "A Daniel, un chico de la guerra". Sí, porque en 1982 cualquiera de nosotros pudo tener como batalla el riesgo de un machete (en Perú, le decimos "plage", de plagiar) escondido en un examen, o pudo sufrir como pozo de zorro un amor y un olvido; pero, allá, lejos, muchachos de nuestra misma edad padecían el frío, la niebla, el naufragio, la muerte. Nuestra historia fue distinta, éramos lo que a los dieciseis se es: despreocupados adolescentes.

Despreocupados adolescentes con anécdotas mil, como aquélla en que se tuvo de rehén al profesor de electrónica, encerrado en esa especie de celda donde se guardaban las herramientas y los instrumentos de medición. O como aquella otra que daba cuenta del orgullo del profesor de psicología, al ver que toda la promo había respondido de forma más que satisfactoria la prueba bimestral que él había propuesto; prueba que todos conocían y habían resuelto por lo menos una hora antes del examen, al haberse obtenido un ejemplar de las hojas de preguntas por misteriosos métodos hasta la fecha no explicitados.

Veinte años: tiempo propicio para el balance, decíamos. ¿Qué nos dejó el colegio, en términos de historia personal? ¿Qué lecciones, pasados veinte años, podemos extraer de esa etapa? Ortega y Gasset, en "Historia como sistema", nos enseña que la función de la Historia es fundamentalmente negativa, es decir, que ella no nos va a dictar qué es lo que hay que hacer, sino por el contrario qué es lo que no hay que hacer, cuáles son los errores que no hay que volver a cometer; la Historia nos va a mostrar cuáles son las piedras con las que no podemos volver a topar. Y una gran piedra fue y es para nosotros el desinterés en el estudio de segundas lenguas. En 1982, el idioma japonés era para nosotros un exotismo del Colegio La Unión, una materia completamente alejada de nuestra circunstacia y, en consecuencia, soslayada, discriminada, el patito feo de la familia. Y ya sabemos después lo que pasó. Ahora, tal vez no seamos ya nosotros mismos el futuro:

el futuro son nuestros hijos. Y no podemos permitirnos otra vez el mismo error, pero cambiado. Es el español, en este momento, nuestra mayor tarea en familia.

La Promoción, el colegio, quizás lo más bello y mejor de nuestras vidas. Ahí empezábamos a trazar bocetos de quiénes queríamos llegar a ser, nuestros primeros garabatos de hombre y mujer. Forjamos amistades imperturbables, conocimos el automóvil, las delicias y malestares del primer licor y sentíamos hasta las lágrimas la pureza del amor. ¡Salud, Promoción 82! ¡Salud, por estos primeros veinte!

Gustavo Yonamine
Fujisawa, Enero 2003

1 comentario:

Unknown dijo...

Gustavo: soy profesora de Literatura en Argentina, y me encontré de repente con este artículo, buscando en la web material que vinculara el 2 de abril (día del veterano de guerra y de los Caídos en la guerra de Malvinas) con la canción de Alberto Cortez.
Me gustaría comunicarme contigo para que mis alumnos pudieran hacerte algunas preguntas al respecto, y compararlas con las que les harán a ex combatientes argentinos. Te dejo una dirección electrónica: lauraetcheverry@gmail.com
Mil gracias de antemano.